9 de feb. de 2023

OPINIÓN

NINO PEREIRA RAMOS, FILÓSOFO, MAESTRO QUESERO, VITIVINICULTOR Y PADRE.

 DE ÉL YO ESCRIBO




Manuel Vázquez de la Cruz

 En los, digamos, capítulos de lo que pretende ser un libro, los preliminares y otras historias pueden no ser nada de lo principal y ni siquiera tener entre ellas un denominador común. Son episodios de la vida, o poesías, o canciones, o amores, que uno quiere enseñar porque sí. O porque ellas mandan en mí.

 Nino Pereira, el gran maestro quesero de Bama, el vitivinicultor de A Corga, el filósofo y maravillosa persona, es mi amigo. Aquel amigo capaz de sacrificarse por uno y por los hijos de uno, como cuenta El Arcipreste de Hita en una maravillosa historia. Nino y yo nos hemos sentido juntos penas y alegrías.

 Cuando nació mi hijo me encontré con un cura amigo. “Es una alegría enorme la que tienes, verdad”, me dijo. Y siguió “pero ya nunca más vas a vivir tranquilo”.

 Nino y su mujer Pura tuvieron dos hijos. Dos soles en todo.

 La niña, “a nena”, que era un cariño, una esperanza y un amor se murió.

 Ninguna persona buena y normal como es el caso de Pura y Nino, está preparado para perder un hijo o una hija. Es casi antinatural.

 Alejarse o no querer a Nino y Pura es imposible. Son ternura y bondad.

 Por eso, queridos amigos, yo sé que “a nena” no se fue. Está a vuestro lado.

 He leído y releído este escrito. También he consultado a muchos si debiera o no publicarlo.

 Alguien muy cercano al amigo me dijo: “Manolo, por favor no lo cambies, déjalo quedar así como lo tienes y dedícaselo a todas las madres y padres que han perdido un hijo o una hija. Pero nada más porque por mucho que se diga de ese dolor es poco”.

 Así lo hago amigos a los que habéis sufrido ese enorme dolor que hago propio y me duele el alma.

 De Agustín Fernández Núñez (mi amigo del camino de Santiago) supe ayer de su enorme desgracia. “Habeis pasado por el mayor dolor y os acompaño con mi tristeza”.

 En todo a mi alrededor, cielo y tierra incluidos, escuchó:

 QUERIDOS PAPÁ, MAMÁ Y HERMANO, POR TODOS VOSOTROS, POR MÍ, POR VUESTRO AMIGO MANOLO QUE OS SIENTE Y PONIÉNDOSE EN VUESTRO LUGAR SE ESTREMECE, SEGUID ADELANTE CON VUESTROS PROYECTOS DE VIDA Y AMOR.

 YO NO OS ABANDONARÉ NUNCA.

“A NENA”

INFELIZMENTE, MUCHÍSIMOS MÁS NENAS, NENOS, JÓVENES…

 Desearía que este escrito sirviera de algo a todas las personas que sufrieron la tremenda desgracia de perder un hijo.

 Pero también quiero hacerlo en memoria de mi abuela Angustias, que perdió cuatro en la gripe de 1918; y de mi tía Olivia, que le arrebató un hijo de enorme valía, mi primo y amigo Sergio del Palacio; y en el dolor de la hermana de mi mujer que perdió un chiquillo que se hacía querer y al que abracé muchas veces.

 Se llamaba Ignacio.

 Pero lleva a todos los padres que lo sufrieron el deseo de aliviar un poco la pena que no cesa porque nadie está preparado para sufrirla.

 Y un abrazo.

Manolo Ferruxo

ME ESCRIBE NINO PEREIRA

 Cada mañana, al ducharme, vuelvo a la infancia de mis hijos, renuevo el valor de lo importante, aquello por lo que ha merecido la pena vivir, y persigo en la voluntad de hacer la vida fácil a los demás, no ser un obstáculo a la felicidad de nadie que tenga la suerte de tener un buen día.

 Para mí me quedo con los momentos importantes, los más grandes, los imborrables, cuando tenía dos corazones metidos en la bañera.

 Uno se fue hace siete años porque ya no podía soñar bonito y lo acepto y acepto todo el amor que me ha dado. Me enseñó lo que es la voluntad de vivir y, aunque no puedo soñar bonito por ella, me dejó amor hasta que la naturaleza me impida sentir.

 Otro está iniciando la manera de vivir el resto de su vida, buscando un equilibrio imposible entre la libertad y la seguridad, sin perder la dignidad. Lo admiro en su búsqueda y los momentos de amor y adoración insuperables de la infancia se han transformado en respeto absoluto a su libertad, en una protección pasiva que consiste en limitarme a estar cuando lo permite.

 Con su tesón, me ayuda a encontrar mi propio camino, me acompaña y se enfada cuando no veo el camino con claridad. Es su manera de quererme, de evitarme el dolor, de salvarme. No sabe que yo ya me he salvado. Lo único que necesito es que me deje seguir adorándole.

 Estamos en distintas etapas de nuestros caminos. Él en la complicada de encontrar la dignidad a través del desarrollo profesional. Yo en el momento de cerrar la etapa profesional y aprovechar el tiempo para hacer pequeñas cosas que me permitan seguir sintiéndome libre. Paso a la etapa de legar y no se lega lo que se tiene, eso es efímero, sólo se lega lo que se hace y el cómo se hace.

 El legado son las actitudes importantes para la vida de los demás y no suelen ser espectaculares ni conscientes.

 Si reflexiono sobre lo relevante en mi vida, la mayor parte de las cosas que he hecho y de las personas con las que he compartido el camino, sobran, estorbaron. Nada que decir de lo que materialmente tengo, son puros instrumentos.

 La vida ensaya con miles de millones de seres para encontrar alguno que legue conocimiento y progreso. No estoy entre ellos.

 Lo único importante en mi vida ha sido el amor incondicional que he recibido. De ello he aprendido y sobre él se asentaron los pilares que alimentan mi voluntad de vivir, es por esto que lo único de valor que puedo legar es lo que amo. Todo lo que amo se perderá pero el amor volverá de alguna manera”

Nino Pereira Ramos

EL PILOTO DE DOS GUERRAS Y ESPÍA, ABRAZA A SU NIÑA

 Querido Manolo, ya con pasaporte mexicano, pasé por la frontera de Tui. Se lo enseñé, me lo sellaron y me dijeron que tenga usted feliz viaje. Lo miré y le sonreí. Debió preguntarse durante meses a qué había venido aquella sonrisa. Por muy buen policía que fuera ni siquiera se lo imaginaria.

 Tomé un taxi que me llevó hasta un lugar donde podía llegar un coche en mi aldea.

 - ¿Marinero?, preguntó el taxista.

 - De tierra, de diez cabras, de dos vacas, de un burro pinto y de un caballo.

 Me miró por el espejo retrovisor y yo lo vi a él. Tenía al principio la cara muy seria, después, al ver mi sonrisa, me dijo: “Es usted un coñón”.

 - En Méjico, señor, somos todos así.

 Paró en la entrada del camino. Le pagué.

 Dio la vuelta el coche y me aconsejó desde la ventanilla: “Cuide bien a todos los animales”.

 - Así lo haré, que los necesito para poder comer.

 “Me llamo Urbano. Mucho gusto en conocer a un mejicano, no es normal en este sitio. A lo mejor hasta es mariachi, que es lo soy yo, si usted es agricultor.

 Y marchó riéndose a carcajadas.

 Después empecé a andar por el mismo camino de la escuela, el mismo lodo de distinta agua, el mismo silencio y en el silencio uno sabe que a muchas ventanas se asoman personas y se preguntan “quién será el que camina”. También sabe que cuando no los vea el caminante abrirán las ventanas de par en par y cuchichearán preguntándose quién será. Y dirán “cada cosa”…

 Allá arriba, aquel día si lo ví, está Os Cabreiros, el pequeño puerto de montaña que separa A Louriña, O Baixo Miño y el Val Miñor. Recordé la noche de la tormenta y los rayos y centellas.

 Me ensimismé en el recuerdo.

 Ellas y ellos, que todos hacen lo mismo, no saben que es mi aldea por la que camino y que el aldeano que camina sabe todo lo que pasa en el lugar en que vivió.

 Alguien tocó mi espalda y mientras me volvía pude escuchar: “Es que hay que casarse por la iglesia para…(...)”.

 Y nada más porque sin ni siquiera vernos nos abrazamos almas y cuerpos, mucho tiempo.

 Después la vi. Estaba más guapa que nunca, con una belleza muy especial, igual que la última vez que la vi pero con distintas formas de enseñarse. Sus ojos si ser más grandes eran más dulces.

 Eso era lo más diferente. Una dulzura que envolvía satisfacciones. Podría ser por mi llegada, pero intuí que había algo más, que tenía una sorpresa para mi, pensé y me pregunté qué podía ser. No acerté. Felizmente no acerté en ninguna de las que me figuraba.

 Ya se abrían las ventanas de los vecinos y ya no había tanto silencio cuando entramos en la casa. Se preguntaban, unos a otros, en tono bajo, eso sí, pero audible, quién podía ser aquel hombre, esta palabra la recalcaban, que llegaba con Cheliño. Escuchamos claramente una voz entre muchas: o pai, vai ser o pai…

 Cerramos la puerta. Entramos en la sala, la lareira estaba encendida, el pote-mundo encima, la cocina económica al lado, la mesa en el sitio de siempre. Mientras observaba ella reía maliciosamente. Entonces mire a mi espalda donde estaba la habitación del milenario y…

 Vi una niña hermosa que estaba de pie agarrándose a los barrotes de la cuna. Cuando la vi empezó a agitar toda la cuna mientras reía y reía

 Y lo supe todo. Como en una noche de tormenta, como rayos empezaron a aparecer las frases del teléfono, sobre todo aquel “te tengo algo precioso”. Y lo era.

 Corrí y la alcé en mi brazos. “Cheliño, ven que podo morrer”. Y en medio de la sala nos abrazamos los tres. Y ella, mi mujer, dijo una y otra vez: “Os tres… tres… OS TRES…”

 Por eso me había dicho por teléfono que teníamos que hablar lo de nuestra ida a México…

 Ya no éramos solo dos. FELIZMENTE.

 Cheliño adivinó mi pensamiento, qué lista era, y me dijo que nos iríamos los tres, que valiente era. Y que ya tenía todo en marcha, y ya no encontré nada que la definiera.

 “Mañana llama a México y que cierren la operación de la finca ya”.

 Aquella noche, entre ella y yo, durmió nuestra niña. Fue la noche más hermosa de nuestras vidas. Muchos años, y cada año muchas veces, hablamos de la noche de los tres.

 Y durante el largo sueño fue contándome como en la aldea solo se hablaba, casi antes de notarse, de su embarazo. “Todos los días y a todas las horas soporté la misma pregunta”.

 Hasta el cura, de otra forma claro, “con con diplomacia vaticana”. Le respondí de la misma forma, diciéndole que se lo diría en secreto de confesión.

 Me dijo que si a toda “hostia”. Le dije si tenía que ir al confesionario y con la misma velocidad me dijo que no hacía falta que podría darme la absolución allí mismo. En el camino.

 “Padre, pues yo me confieso que el padre del hijo o la hija que llevo en mi vientre de madre es un árbol”.

 Me miró iracundo. Yo metí la mano en mi bolso. Debió acordarse de mi historia en Venezuela con el revólver y el patrón, salió casi corriendo y mirando para atrás. Yo seguía con la mano en el bolso.

 Y, mientras yo reía, me comentó que como estaba deseando no verme más porque era un mal ejemplo, y días después me hizo llegar que quería comprarme las propiedades para un sobrino. Por tanto el cura iba a ver de muy buen grado su marcha de la aldea y su boda conmigo. Y los curas eran los que más mandaban en el país.

 Y me explicó que como España y México no tenían relaciones diplomáticas, la única forma de que ella se pudiera ir conmigo, era hacer una boda. Y en España la única posibilidad de casarse era por la Iglesia. Yo quedé aplanado, pero…

 Ella ya tenía todo amañado. El cura solo nos preguntaría si queríamos ser marido y mujer. Delante de dos testigos, que escogeríamos nosotros.

 “Y en nuestra casa porque si podía confesarme en un camino también podría casarnos en nuestro domicilio”, lo mismo que él quería mi confesión en el camino. Y lo aceptó, los curas quieren mucho a sus sobrinos.

 Después, inmediatamente, yo reconocería a mi hija habida en santo matrimonio y él ya nos conseguiría pasaporte y nos podríamos marchar juntos. “Si tú me estorbas, el padre de esa chiquilla lo hace mucho más, y además mejicano, tiene que ser peor Satanás”

 Todo fue según lo convenido. Menos lo de las propiedades sobre las que apareció una hipoteca ficticia de un banco a nombre de un señor de Tui. Fue un lío de ingeniería financiera, Manolo, el que montó Cheliño, que no conseguí entender jamás “que coño había hecho”. El cura tampoco, ni el sobrino que se quedó sin las fincas que quería comprar por el cobro de funerales, bodas, bautizos y petos de las ánimas de su tío protector.

 Las propiedades son de nuestra hija.

 Mi padre le había entregado a Cheliño un dinero, que el señor abad de antes y mi padre de verdad, me dejó en herencia. Al otro hijo le compró campos. Estaba disgustado porque, según decía, era muy vago y el dinero no podía escriturarlo y lo fundiría enseguida. Los campos al menos tendrá el trabajo de venderlos, sentenciaba y sonreía.

 “Pero quién es el otro hijo”, le pregunté a Cheliño casi gritando y nervioso.

 Mañana vendrá a cenar con nosotros. Así también conocerá a su sobrina. Al día siguiente, o esa misma noche, nos iremos a Vigo y al otro día embarcamos para Cuba y desde allí a México.

 Me di cuenta que temía por mi. Quizás tenia razón. En aquella España del “nacional-catolicismo” y podía pasarme cualquier cosa. Incluso que muriera “milagrosamente”. O que me tirara por una ventana para suicidarme sin querer. Pasaporte mexicano aparte. Eso había pasado aquellos días.

 A las cinco de la tarde llegó el cura y el sacristán con un libro. Nos hicieron las preguntas de rigor. El párroco quería tomar nuestras filiaciones en un folio. Cheliño le dijo que en el libro tal y como habían quedado y que se hicieran allí todos los trámites. El Don, creo que es así como debo llamarlo, preguntó por las fincas que quería comprar. El señor de Tui lo tiene ya todo arreglado, le dijo mi mujer.

 No hizo su trabajo con muy buena gana pero dejó todo bien escrito. María, una sobrina y el sacristán, que era una gran persona, según dijeron todos menos el cura, firmaron como testigos,

 Esperemos que el señor de Tui cumpla con conmigo como yo he cumplido con los contrayentes…, e iba a decir algo más pero Maria gritó el vivan los novios de rigor. Y no volvimos a ver más a nuestro oficiante.

 Quedamos en silencio. En gozoso silencio pero la niña, nuestra niña, empezó con furia y entre carcajadas a mover las barandillas de la cuna, dando saltos como una loca bajita.

 Y yo grité: ¡Hija de mi alma!

 Y hubo un gran aplauso.

 Fue entonces cuando María y Cheliño a toda prisa empezaron a preparar la mesa de la cena y justo cuando todo estaba listo, impecable, llamaron a la puerta.

 Cheliño abrió y entró Pepito trajeado, encorbatado sin pajarita, sombrero de ala… Un señor.

 Nos miramos él y yo después de muchos años, el era mayor que yo, vi que tenía los ojos muy verdes, como los míos. Callé.

 Cheliño le pidió a María y a sus sobrinas que nos dejaran solos y habló.

 Pepito, aquella niña tan linda de ojos verdes es nieta del señor abad. El padre, de este que tu conoces, es el padre de la niña y también tiene los ojos del señor abad…

 Y Pepito, que era muy listo porque lo habían oído llorar en el vientre de su madre, la interrumpió y dijo:

 Y a mi hermano, aquí presente, mi padre le dio dinero de la herencia y a mi por ser un poco vago los campos para hacerme trabajar.

 Los curas, como dice la Santa Madre Iglesia de su Dios, también escriben con renglones torcidos

 Y la única mujer que yo quise mucho es la esposa de mi hermano.

 Y esa niña que “abanea as barras do berce” es mi sobrina.

 Y yo estoy muy contento de que seáis mi familia, aunque no prometo que vaya a recibir de mi mucha herencia la sobrina que me ha aparecido.

 Y yo, solo dije, !hostia qué cristo!

 Pero cenamos todos juntos como si fuéramos una familia normal.

 Cuando acabamos desde la habitación del milenario las tres mujeres sacaron varias maletas. Entre ellas la mía. Ya era de noche y en la puerta apareció Floreal y un hombre que se llamaba Antonio con un motocarro en el que cargamos las maletas.

 “Podrá salir por el camino”, pregunté.

 “Viene muchas veces a traer leña”, contestó Floreal.

 Después por un sendero que llaman de cabras salimos los tres. En la carretera nos esperaba un taxi. Era del señor Urbano.

 - Buena noches, mariachi.

- Muy buenas las tenga usted, agricultor y ganadero de cabras.

 Antes de montar en el coche, la niña vio la luna y le dijo: “Ado lúa”.

 A nosotros, los padres, aquel adiós infantil nos alumbró unas lágrimas que hubiéramos preferido no enseñar.

 Nunca llegué a saber si el señor Urbano supo algún día que justo lo que el creyó que era una coña es lo que hicimos realidad en la aldea mexicana en la que fuimos muy felices durante años.

 Vivimos nuestra vida tal y como la queríamos. No necesitábamos más. Nuestra niña fue creciendo allí donde había un buen maestro. En un lugar preferente de nuestra casa están, y estuvieron siempre, los doscientos dibujos que había hecho Dalia de las hojas del abedul.

 Cheliño siguió siendo muy guapa e hizo un trabajo espléndido en aquel lugar elaborando y enseñando a hacerlo a las mujeres los mejores quesos de cabra.

 Tenemos un burro pinto, un caballo, cuatro vacas, treinta cabras y cultivamos nuestros campos con la ayuda de un tractor pequeño.

 Éramos, Manolo, muy felices a nuestro modo. Cheliño siguió siendo muy guapa. Hace como diez años su moreno se hizo mucho más bonito, como bronceado. Los vecinos decían que parecía una diosa. Ella y yo estábamos felices, aunque mi mujer tenia algunos achaques raros.

 Mi hija estudió medicina en España. El dinero del abuelo, el señor abad nos vino muy bien. Allí conoció a un chico muy majo y viven juntos en una aldea de la India, contratados, digámoslo así, por una ONG.

 Por aquellos días vino a vernos. Nos abrazó. Me llamó aparte y me preguntó si había llevado a mamá al médico. Le pregunté el porqué. Me dijo que creía que estaba muy grave porque ella creía que por el color tenía mucho exceso de cobre. Le dije que el color era muy bonito. Me dijo que lo bonito podría ser muy malo.

 Al día siguiente salimos los tres en mi “escarabajo” al hospital de la capital de nuestro estado.

 Me di perfecta cuenta de que lo muy hermoso también puede ser muy malo.

 Mi hija obtuvo permiso para quedarse.

 Y parecía que todo seguía igual.

 Pero al finalizar, un día cuando los agricultores damos “as ultimas voltas”, que se dice en las aldeas gallegas, la encontramos inmóvil sobre la cama, ni la muerte había oscurecido su moreno, ni sus hermosos ojos se habían cerrado y todo era quietud. Nada, cuánto alegró esto a la niña, denotaba que no había tenido el mínimo sufrimiento.

Cerramos sus ojos y mi hija y yo nos sentamos a su lado.

 “Ado lúa”, dijo ella y siguió “pero a mi madre, a Cheliño nunca le diré adiós porque ni yo me alejo de ella ni ella se va de mi corazón.

 Muchos nativos de nuestra aldea dijeron adiós a la reina antigua. Mi hija y yo estuvimos a su lado, que era estar al lado de todos.

 Después yo tuve, según mi hija, una neurosis y pensé que ella y Laura me pedían que volviera a Ribadelouro, al viejo puente medieval y la niña, cuyo nombre, es Marie, me pidió que lo hiciera.

 Y me encontré a Maru. Yo supe que era mejicana por su forma de hablar. Mi acento mejicano-gallego la confundió y nunca supo que viví muy cerca de ella.

 Y viví pocos años con su recuerdo. Mi hijos vinieron a nuestra aldea mejicana. Mi nieta venía a mi regazo como hacía su madre cuando yo palmeaba mis rodillas.

 Yo me puse enfermo. Adelgacé y perdí el apetito.

 No estaba bien y entendí que el perro de dientes verdes andaba cerca.

 Volvimos al hospital pero ya solo dos. Y otra vez lo mío resultó grave: cáncer de páncreas.

 - Papá, vamos a hacer lo que podamos.

 - Estudiadlo bien. Yo mañana salgo con mi burro, comida y algo de dinero a buscar el PERRO FEO DE LOS DIENTES VERDES.

 Mi hija es muy parecida a Cheliño.

 - Me parece muy bien papá.

 ¡Ado lúa! Aquella noche salí con mi burro pinto a la búsqueda del “puto can”, que dicen en Bretaña que es la muerte que llega y la trae.

CARTA DE MARIE

 Querido Manolo, mi padre dejó estos escritos para ti.

 Sé que tenéis en común el ser pilotos. El de combate y tu de planeadores.

 Pero sobre todo tenéis en común EL NO A LA GUERRA Y VUESTRO PENSAMIENTO DE QUE UN PAÍS SIN AGRICULTURA ES UN MONSTRUO SIN CABEZA. Creo que se lo dijiste a bordo del SAC Tarragona.

 También me dijo muchas veces que quería mucho a tu padre.

 Y sé que lo que más os unía son los viejos caminos hundidos en la tierra y los puentes medievales de vuestra aldea.

 Me dijo que te escribiera en letras mayúsculas

RIBADELOURO VERDE NON SE VENDE

 Como decía papá “un feixe de bicos”.

 Quiero que sepas que en su camino en busca del puto perro, como dijo él, en todo momento supe donde estaba y a escondidas fui suministrándole con el agua de la bebida, medicamentos para calmar cualquier dolor.

 Que nada más echarse debajo del árbol que había escogido para morir, yo estaba a su lado.

 Me medio miró y dijo “mi Marieriña”. Iba a decirle algo pero me di cuenta que estaba delirando porque siguió diciendo “mi Marie, miña Cheliño… Los cuatro… Los cuatro…”

 Los últimos son los nombres de sus amadas. A mi siempre me llamó Marieriña. Y yo sabía que cuando le decía que en francés sonaba mejor, siempre me contestaba “¡y una hostia!”

 Y siempre nos reíamos o abrazábamos o nos dábamos muchos besos o me guiñabas un ojo.

 Marie

 Para ti, Manolo, también Marieriña.

 Ellos, amigo están conmigo porque yo sí falleciera, estaría siempre a su lado.

 Nos veremos en Tampico.

 Gracias amiga. Yo terminaré la próxima entrega con un epílogo.

 Pero antes quiero dar públicamente las gracias a Infogauda. 

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