EL POEMA SIGUIENTE HABLA DEL RETORNO DE UN LARGO EXILIO
TODOS LOS ESPAÑOLES REPUBLICANOS DEBERÍAN LLEVAR A MÉXICO EN EL CORAZÓN
DA MAN DO VENTO
Ao meu pai Francisco Comesaña Rendo.
Por María Ángeles Comesaña Concheiro
Teño a miña infancia agachada
Na lembranza dunha tarde.
A caldeira, a cheminea, unha choiva
a deixar caer o ceo sobre a casa.
A parra no xardín, con uvas
Que remendan ás da túa horta de Galicia,
unha festa de despedida,
Moito balbordo,
O meu irmán a tocar o acordeón,
Alguén que brinda polo retorno
Para a Terra Prometida.
Baixo as escaleiras de esa tarde
Aparece unha rúa, un barrio ao norte
Da cidade de México,
aos columpios de un parque solitario,
haí un banco sin ninguén sentado,
aí un carrete de fio, unha madeixa,
unha será, un camión, un tren que pasa.
Da man do vento recorro a nosa historia,
O cárcere sen palabras na memoria do teu corpo,
A guerra incompresible no gris lavado
Das fotografías.
Salto á corda no espazo de vida que me deches,
Recorro os pespuntes, os amigos
A túa porta sempre aberta para todos.
A nenez acomódase nas túas verbas,
No don do asombro que nos deches.
Fuches un mapa moi grande no meu recordo,
Unha pisada fonda,
Que agocha meu destino.
CIUDAD DE MESTIZAJE; DONDE ANDAMOS TODOS
Por María Eugenia Rosas
Me encuentro en la ciudad y Estado de Puebla, una ciudad que seguramente te haría sentir como en tu país porque hay un gran legado del dominio que ejercieron con mi gente cientos de años atrás.
Hermosa ciudad sin duda, con mucha historia, cargada de colorido elegante y sencillo, con nombres, platillos, música y arte que refleja la herencia de nuestros antepasados, tuyos y míos.
Una combinación desmedida de ambas culturas que parieron el mestizaje que se identifica en esta región.
Pero más allá de las edificaciones y los relatos que esconden sus calles y piedras, me encuentro con mis pensamientos.
La forma en que observo a las personas y los lugares se ha vuelto más constante, más rica a medida que te escribo.
Hay mucha gente en fin de semana porque es una región con mucho turismo, sin embargo, al momento de sentarte en el parque con un café en mano, puedes percibir un poco de las voces que se esconden en el silencio de la noche, cuando la agitación de los vivos se acalla después de largas jornadas.
Vine a un congreso académico y me propuse disfrutar también de mí, disfruto manejar en carretera viendo los paisajes de mi país, el verdor resiliente de sus cerros a pesar de la presión humana y el vaivén de la gente sencilla que anda de un lado a otro con su mercancía.
María Eugenia Rosas
Tampico - México
EL CAMINO DE SANTIAGO PORTUGUÉS, EL VERDADERO, TAMBIÉN NOS LLEVARÁ AL AQUELARRE (VII)
Por Manuel Vázquez de la Cruz
Maru, a esa nación, nuestro y vuestro México querido, nos tuvimos que marchar muchos. Pienso muchas veces que los de mi país no hemos sido suficientemente agradecidos.
MÉXICO DEBERÍA SER CENTRO DE HONRA PARA TODOS LOS DEMÓCRATAS ESPAÑOLES. CON LAZARO CÁRDENAS EN EL CORAZÓN
Pepito, tuvo que ir a otro lado.
Si te parece lo situamos otra vez de pie en la esquina del patio y enfrente de él los guardianes que eran los que siempre hacían de verdugos. El había asistido a varios asesinatos, les llamaban ejecuciones, y al terminar nos decían siempre aquellas palabras malditas: “Que os sirva de ejemplo”.
Volvió a hablar don Antonio, “El Medallas”.
“Rusia es culpable, lo grito con todo mi ser y con fiereza y odio. Lo proclamo como días atrás lo hizo el camarada Serrano Suñer porque aniquilar a los bolcheviques nos lo exige Dios, el Dios todo poderoso que está con nosotros”.
A continuación dijo uno a uno los nombres y apellidos de los que formaban el pelotón y les comunicó que se habían presentado voluntarios para enrolarse en una división que combatiría a favor de la Alemania de "nuestro amado Führer".
Pepito vio las caras de sus fusiladores y casi suelta una carcajada. No lo hizo y El Medallas siguió hablando.
“El Maestro Apícola ha demostrado ser muy español, arrepentidos los quiere El Señor. Hoy ha pasado el purgatorio de sus pecados con valentía. Durante meses ha querido ser como nosotros y nosotros no olvidamos nunca que San Agustín también fue un pecador arrepentido. El va a tener también la honra de luchar contra los que antes fueron suyos. Él también irá voluntario a luchar contra el comunismo ateo. Es para nosotros un San Agustín…”
¡Hostia! Dijo Pepito muy bajo, mas aún que un susurro y ya no se enteró de nada de lo que pasó después. Quedó firme pero sin sentir. Creyó que estaba muerto. Decía siempre y como era muy coñón, agregaba, “si la muerte es así no es tan mala”.
Después, en el dormitorio, le contaron lo que había sucedido y que hubo enormes aplausos, de carceleros y autoridades de la prisión. Que los presos al principio no sabían qué hacer pero el señor mayor de Valderas empezó a aplaudir con fervor e hicieron todos lo mismo. También que al terminar la ovación volvió a decir que un gallego fino era tremendo, y añadió, que Pepito era fino entre los finos, sonriéndose pícaramente.
Y mi paisano se sintió muy agradecido y quiso quedar como un hombre además un poco culto con el señor mayor y empezó a contarle cómo los reyes de León lo eran también de Galicia y explicarle que doña Urraca quería mucho a Tui y que…
El de Valderas le dijo muy suavemente: no olvide, señor Maestro Apícola, que yo soy maestro republicano por lo tanto bueno en mi profesión y por eso estoy aquí. Mostró la aclaración con una una gran ternura en el rostro que a Pepito le recordó al padre de la mujer con nombre de flor. La que yo amé.
Al día siguiente fusiladores, con sus camisas nuevas y azules de color claro neto y proletario, y no fusilado por ser como San Agustín, salieron en el mismo camión a la estación donde tenían que tomar un tren para ir a la guerra contra la “Rusia culpable”.
Uno de los fusiladores lloraba amargamente, otro blasfemaba sin parar, todos hablaban de sus mujeres y los hijos que dejaban, que a lo mejor no volverían a ver, y todos lo miraban mal como si él tuviera la culpa de que los hubiesen nombrado voluntarios para ir a la guerra cuando solo se habían presentado para fusilarlo. Todos aquellos fantoches, que habían matado hombres y mujeres sin el mínimo sentimiento, tenían miedo, estaban aterrados y no eran capaces de disimularlo ni siquiera delante del hombre que el día anterior se disponían a matar sin el menor escrúpulo para sus repugnantes conciencias y sacando pecho con presunción por la “heroicidad” que iban a realizar. Si el color de sus camisas era neto, su miedo, sus caras, sus lágrimas eran brillantes y revelaban que todo su coraje del día anterior era porque iban a matar a un hombre indefenso y ellos no tenían nada que temer. Seguramente no habían bailado un pasodoble en la vida y no podían sonreír al recordarlo camino de una guerra a la que les habían obligado a ir voluntarios.
Él se lo pasó como Dios sintiendo el pavor de aquella gentuza. Decía siempre que si se tuviera que pagar por aquel momento y aquel viaje no habría dinero en el mundo. En la estación, aprovechando los frenéticos aplausos de los que estaban en el andén, se cambió de vagón. Y no volvió a verlos más. Desde el retrete del nuevo “domicilio” hizo la peineta a todos los que los venían a despedir. Sin que lo viera nadie pero con gran satisfacción por su parte. Algo, aunque sea a escondidas, es algo.
Arrancó el tren entre gritos y brazos en alto. El siguió en los lavabos del vagón de cola. Pensó en fugarse. Tuvo miedo… "Lo disfracé pensando en lo guapas que eran las mujeres rusas y de que en mi aldea Cheliño había conseguido marcharse a Venezuela. ¿Con quién iba a bailar yo el pasodoble? Ya sabes que todos nos justificamos, alguna vez, hasta con nosotros mismos y ninguno mejor que uno para encontrar las disculpas. Las rusas eran bellas pero sobre todo lo que me importó es en cualquier escondite me pillarían el primer día. La verdad es que tuve miedo. Y era lógico, sabía muy bien lo que me iban a hacer si me apresaban. Lo había visto en otros y yo para ellos tenía un enorme agravante.
En el tren, conforme pasaban las horas, en algunos empecé a sentir su miedo, aquello se hacía muy largo para muchos señoritos metidos a guerreros".
Después, en la marcha que tuvieron que hacer a pie muchos kilómetros, me contó Hermenegildo, que era de Ribadelouro, que tuvo que proteger a muchos porque lloraban como niños pequeños. Pepito en ese momento ya estaba conduciendo un tanque camino del frente al que no llegaría nunca.
Hermenegildo, muchos años después, plantó olivos en una finca. Un chiquillo que lo acompañaba le preguntó por qué se había ido voluntario a la División Azul. Contestó que por hambre. Solo por ganas de comer porque en aquel momento en España todo era hambre y hambre de todo.
El chiquillo quedó estupefacto con la explicación.
Maru, aquel rapaz es hoy el hombre al que tu haces de médium.
Después de la toma de filiaciones, entrega de uniformes y todos los trámites necesarios llegó el momento de los destinos.
Preguntaron si había algún “tanquista” y se presentaron varios. Entre ellos Pepito. Al fin y al cabo el había llevado uno en la retirada del Ebro solo durante cinco minutos pero pensó que era mejor que ir andando. Aprendería. Lo mandaron salir de la fila y que se subiera a un camión. Así lo hizo.
Al día siguiente les asignaron profesor y tanque. Los buenos, los “Panzer” ya estaban con tripulaciones alemanas. A él y a dos italianos les asignaron uno que parecía una motocicleta con cadenas. Le sorprendió observar que sus compañeros estaban muy contentos. Va bene quindi. No andremo en prima línea con questo piatto. (Que traducido al español, significa: O.K.. No vamos primero con este plato).
Los italianos tampoco eran voluntarios de verdad.
Y con aquel piatto (plato, en castellano) en un tren entraron en Rusia. Y pusieron el cacharro en marcha. A los diez días se perdieron. Dos días después los italianos desaparecieron. Pepito siguió a campo abierto hasta que vio una aldea. Aparcó la máquina en un camino en las afueras, le disparó con su fusil al depósito de combustible y vio como el piatto explotó en mil pedazos y todo se inundó de llamas de fuego. Se acercó un poco y lanzó con todas sus fuerzas su arma al medio de la lumbre.
Y él solo en medio de una inmensa llanura aplaudió a rabiar. “Si tengo que morir muero. Ya lo hice una vez y no me fue tan mal”.
Cuando lo contaba se sentía feliz. Cuando se le preguntaba por qué lo había hecho, contestaba que porque estaba hasta los cojones y no podía más. “Solo quería volver a mi aldea y abrazar a mi madre que seguiría, pequeñita y vestida toda de negro, sentada en la banquetita de tres patas en la esquina de la sala”.
Y muy despacio se encaminó a la aldea rusa. Al fin y al cabo sus habitantes también son aldeanos y entenderán mi pena, se dijo. De entrada se veía un puente, un río pequeño, unas vacas pastando y la torre de una iglesia.
En memoria de Hermenegildo, divisionario azul de mi aldea que se marchó a la Guerra del Mundo para no pasar hambre.
Volvió y plantó olivos; árbol de paz y memoria.
Y fue un buen adiestrador de perros de caza a los que quería y trataba muy bien. Como casi todos los cazadores o cazadoras.

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