Maru y yo, con Gabriel García Márquez en el corazón
Maru, mi amiga iberoamericana me cuenta cómo conoció a un hombre mayor, de pelo muy blanco y largo, ojos muy azules, que mostraban mientras hablaba las tristezas y las alegrías de una larga vida. Los alumbraba la luna, que quizás quiso ser testigo del encuentro, en un puente medieval y dar luz en la noche a la confluencia de ideas de un hombre mayor nacido en una aldea de Galicia y una joven con cara de niña y ojos como soles. Así le dijo el “viejo”, cuando empezó un largo adiós. Le dio la mano y…
El puente hubiera querido que unas imágenes tan hermosas quedaran grabadas a sus piedras y que solo alguna vez pudieran repetirse. También el hombre mayor de largos cabellos quiso ser, y así lo dijo, mensajero del puente y le pidió a la chica que lo contara allá, al otro lado del Atlántico, en su cátedra. “Yo sé lo explicaré a los míos”, dijo él y ella tardó años en saber quién eran los suyos. Pero lo supo.
Gracias, otra vez, Maru. Aunque no creo que haya sido en A Ponte de Orbenlle donde lo encontraste. Nadie en Ribadelouro recuerda un hombre tan alto y tan bonitón, como tú dices, ni una mujer tan decidida y hermosa, aunque sí muchas jóvenes guapas, muy guapas, de enormes trenzas que caían dulcemente sobre sus incipientes pechos. Después cuando los bustos se hacían mayores, las trenzas se escapaban a la espalda y el cura les decía que debían usar esclavina.
Hasta que llegó la República.
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Manolo, he leído la parte de nuestro escrito donde combinamos fantasías y recuerdos que se entretejen emocionadamente.
Cuando traemos a nuestro escrito a García Márquez, me pareció una epifanía porque desde hace una semana tengo presente aquel pasaje de “Cien años de soledad” en el que hace alusión a las mariposas amarillas porque han estado revoloteando en varios escenarios de la ciudad y sus alrededores. Los universitarios y universitarias, se emocionaron y las fotografiaban.
Todo se hizo bello.
Y al verlo, yo en el medio, recordaba sin cesar ese pasaje que narra la voz de escritor colombiano…
Y me pareció que además dentro del momento, estaba la historia y no quería salir sin hacerla mía.
Y le mandé un mensaje muy emocionada que respondió, con la sencillez de su voz casi infantil, que compartíamos cosas tan comunes como extraordinarias…
Como libélulas.
Como mariposas.
Las conchitas de la playa…
Pero solo hay silencio ahora, porque así pasa cuando comienza a abrir la crisálida en la que hemos de renacer.
Y sigo contemplando con asombro el pasar de las mariposas amarillas rezagadas.
Y recordándoos a ti [y] a Gabo.
Maru Rosas - México
LOS PUENTES DEL CAMINO VERDADERO DE SANTIAGO, GUARDAN HISTORIAS
Manuel Vázquez de la Cruz
La periodista iberoamericana de la que les hablé en el último escrito, al ver la foto “da ponte de Orbenlle”, que salió en mi artículo de “Los Puentes de Madison”, me cuenta una historia preciosa. Es la misma que escribe de mariposas amarillas y crisálidas esperando el renacer.
Los dos en esta historia somos uno en escribir del hombre mayor de hermosa sonrisa, de la adolescente de las trenzas y de la parisina que nos dejó en Buenos Aires pero nos dio en herencia su ser de mujer libre y la melena al viento como una bandera y su falda más arriba de las rodillas.
Y sin atisbo de frivolidad dio mucha a luz a los republicanos y a las republicanas del entorno del hombre mayor.
Te recordamos amiga.
Ella me cuenta:
Manuel, me dice, “yo creo que estuve en ese sitio”. Unos días antes de conocerte en Tui y que nos presentara Xosé Ramón, unas amigas de Santiago me invitaron a ir con ellas por el camino de Santiago hasta Arcade. Así lo hicimos desde tu querida ciudad, como tú dices antes de las invenciones de otras sendas sin historia que manejaron los amantes del maldito marketing del mercado, mintiendo (no debes preocuparte demasiado. pronto inventarán otra cosa y las sendas pasarán al olvido o buscarán otro nombre.
Fue precioso recorrer Tui y la catedral. Pero recuerdo que me mostraste entristecido como la ronda del templo la habían cerrado las autoridades eclesiásticas muchos años atrás y me dijiste que algunos estábais pidiendo, con poco éxito, que se derribara esa barrera y que era tristísimo y anticristiano, para cristianos o no, privar a las personas rodear una maravilla.
Como tú no eres ni mucho menos capaz de disimular, se te notaba la tristeza. La misma que mostraste al enseñarme lo que decías que llamaban pesquera pero solo era una presa para evitar que un río en su desembocadura, arrasara las tierras de unos campos muy fértiles.
¿Sigue todo igual? Espero que no.
Me dijiste indignado que entre La Marina, Costas, Ayuntamiento, y sobre todo dejadez de la gente, poco a poco caería la presa y habría daños. También, recuerdo, que hablaste largo rato sobre una playa que por culpa de la inclinación del muro estaba ya casi desaparecida. Y que en aquella playa habían aprendido a nadar muchos tudenses.
Vuelvo al tema. En el camino, una chica del grupo se puso mal y tuvimos que pedir ayuda. Sucedió muy cerca del que yo creo que es ese puente. La llevaron a Porriño y yo con una amiga me quedé esperando. Llevábamos unas tiendas de campaña muy pequeñitas. Era el día o la noche de San Juan. Las tiendas solo se anclavan. Mucho antes del anochecer volvió la enferma. Podríamos seguir, nos dijeron, hasta un pueblo cercano, en el que una señora nos daría refugio en su casa, o volver. Manolo, el sitio eran tan bonito que decidimos quedarnos y yo ese día sentí como nunca el realismo mágico de García Márquez.
Lo que sucedió fue tan real y tan difícil de que hubiera sucedido, como sucedió, y siempre digo que Gabo y Galicia se juntaron aquella noche que yo viví.
Ellas se durmieron pronto. Yo salí linterna en mano por caminos desconocidos. No sé si busqué la aventura o lo hice porque si, sin más, pero encontré el silencio y la hermosura. Nunca me había sentido tan feliz. Me acordé que me habías dicho que los árboles en Galicia acompañan y hablan por señales de las hojas. Y me hizo mucha gracia cuando, cómo sabía de ti, te pregunté si los eucaliptos también lo hacían y me contestaste que sí pero maldiciendo, y que un día Galicia sería el infierno. Eran un poco más de las 11 horas de la noche. Me pareció que, además de las plantas, el agua del río murmuraba como si quisiera decirme algo. Recordé a mi hija allá tan lejos y quise enviarle con el viento lo bien que me sentía.
Miraba a la luna y tardé en darme cuenta que entre los árboles con hojas recién salidas alumbraba, entraba con su luz iluminando directamente al viejo puente, a sus piedras ennegrecidas y al musgo que las cubría. Quise verlo de esquina a esquina y fue entonces cuando apareció el que iba a ser mi amigo. Estaba sentando en las mismas piedras del camino, encima del puente, en el borde, con las piernas colgadas y pies descalzos y miraba al agua del río como extasiado. Totalmente inmóvil. A su lado pude ver un recipiente parecido a las antiguas palanganas, pero de plástico, y con una etiqueta roja reluciente. Al lado un montón de flores y hierbas, que sin estar muy cerca daban un aroma “riquísimo”. Me pareció todo tan extraño que pensé que me había dormido y todo lo que me estaba pasando era un sueño. No sería la primera vez que me sucedía. Me golpeé la cara como otras veces, pero creo que mucho más fuerte y debió sonar muy duro en el silencio absoluto que había en el lugar. Él se volvió de súbito y creo que asustado. ¿Quién es usted?, gritó. Y antes de poder contestarle me pidió disculpas. Mejor debo decir que se deshizo en disculpas. Ni siquiera pude decirle que no se preocupara, que el era el normal en aquella situación y yo la perturbadora. Entonces vio las tiendas y redobló sus disculpas.
Le dije que allí dormían dos personas. No quise decirle DOS mujeres porque empecé a tener miedo. Él se dio cuenta. Y me dijo que si no hubiera nadie él me protegería contra cualquier cosa y de él nadie había recibido ninguna maldad en la vida. Y siguió:
- Señorita, usted es sudamericana y yo vivo allí. Esta es mi aldea y nadie sabe que estoy aquí. Ni siquiera sé si alguien me reconocería. Hoy he venido a recordar y lavar mi cara con agua de flores de San Juan sobre el puente, como hace muchos años.
Y es curioso. Entonces esperaba a una adolescente, yo también lo era, menos morena que usted, y vino una pelirroja, que no era adolescente y hablaba muy bien francés. Hoy, como para conmemorar, aparece usted morena y cobriza, sin trenzas, mucho más alta que la de las trenzas y un poco más baja que la mujer más guapa de mi vida. Quizás usted y la otras tres mujeres son la cuadratura del círculo. No me haga mucho caso, la rubia floreada decía siempre que a veces tenía imaginación y que por eso me quería también solo a veces. Yo a ella la quiero siempre, fue el amor de mi vida y lo seguirá siendo.
Hace tres dias murió en Buenos Aires. Yo pedí dinero prestado para venir a mi templo desde América y volver.
Quiere usted saber el porqué es este mi templo.
Manuel, me lo dijo todo muy pausado y casi puedo asegurar que esas fueron una por una todas su palabras. Y en los tonos se le notaba que era de mi continente pero también de Galicia.
De ahora en adelante, todo lo que voy a contarte, es igual de real pero quizás menos preciso porque me sentí demasiado emocionada.
Lo vi muy boniton, con rostro muy dulce, el cabello largo y plateado, los ojos verdes y tiernos. Era un anciano lleno de juventud. Incluso, Manolo, que no se entere nadie, “tentador”.
- ¿Quieres, amiga, que te explique por qué este lugar es el soñado por mí hace más de sesenta años?
Como una idiota dije un SÍ QUIERO, que más bien parecía una afirmación de la novia en su boda. Fue bueno, porque se sonrió y conocí la más hermosa de las sonrisas.
Yo soy de una época en que los carros de la aldea cantaban al moverse porque los caminos eran estrechos, algunos hundidos, y el canto del eje, al rozar “as dentoiras”, que lo amarraban, hacían cantar el carro al moverse. Así avisaba por si alguno venía enfrente tuviera que parar diciéndole, en su cantar, que él ya estaba dentro y a quién pertenecía. Nuestros antepasados sabían cómo cantaba cada carro y había carpinteros que hacían tonos de diferentes formas y maneras para que cantaran músicas distintas. También soy de un momento en que las mujeres llevaban faldas largas para que no se les vieran las piernas más arriba de los tobillos. Los curas consideraban todo pecaminoso aunque y, usted perdone, a los mejores pensamientos les llamaban malos y decían que era pecado. Si la ven a usted con ese pantalón corto la hubieran excomulgado.
Manolo, se sonrió de un modo…, que pensé que le gustaban mis piernas y sinceramente sentí una cierta satisfacción.
Y siguió contando. El día anterior a la noche de San Juan, los mozos y las mozas, acompañados por personas de orden, salíamos a coger plantas aromáticas. Era bonito. Al día siguiente nos lavamos la cara con el agua donde las hierbas habían estado hundidas toda las noche y creíamos firmemente que aquella especie de ritual nos iba a hacer más guapos y a ellas más atractivas. ‘Señorita, en todos los lugares del mundo algunas hierbas tienen una cierta veneración’.
Yo tenía dieciséis años. Era muy fuerte. En mi casa había muchos libros. Los traía el cura. Mi madre era soltera. Yo siempre pensé que mi padre…, dejemos eso.
1931 vino la República. Mejor dicho la trajimos, y vi a algunos amigos enormemente contentos. Nunca los había visto tanto como aquel 14 de abril. Telmo, mi mejor amigo, y yo hablábamos mucho de política. Su padre había muerto en la guerra de África y el odiaba al rey. Yo al principio lo odié porque lo odiaba él. Después lo odié porque en mi casa encontré un escrito que explicaba que el monarca ya nacía monarca. Eso no me pareció correcto y el que teníamos quiso la guerra de África porque era accionista de una fábrica de camiones en Guadalajara. Eran unos vehículos tan mal hechos que, escuché decir a don Manuel, que murió mucha gente por sus averías. Dentro de aquel libro encontré un papel que hablaba de la masonería. Camiones, guerra de África, masonería y el cura que había traído el libro, montaron un verdadero follón en mi cabeza. ‘Señorita, aún lo tengo hoy porque a veces pienso que don Manuel era masón. Además…,volvemos a dejarlo’.
Con la República las mujeres tuvieron derecho a voto, muy importante, pero mucho más es que se le acortaron las faldas casi de la noche para la mañana. Y también con ese casi todo empezó a aparecer más claro. A las muiñeiras, un baile que me encanta, lo sustituyó en parte el baile agarrado (otra vez puso cara cara de pillín pero ahora no era por mis piernas) y si no nos veía nadie…, más agarrado. Aquel año por primera vez sentí sobre mi pecho, a pesar de las blusas, los pechos de una mujer. Estuve nerviosísimo y, también por primera vez, una chica, la que bailaba conmigo, se reía mientras me miraba y me aturdía. Era quizás el gran símbolo republicano: las mujeres poco a poco empezaron a reírse de los hombres. Dejaron de ser objeto de deseo y pasaron a mostrar que sabían desear, mostrarlo y reírse de los deseados.
Aquella noche ella, la chica de las trenzas, me hizo pensar que el mundo era distinto. Y mejor.
Aquella noche, perdóneme que repita, me sentí más republicano que nunca. Y lo sigo siendo.
En 1932 salimos juntos, la que tocó mi pecho con sus pechos cubiertos como el mío y yo, a buscar hierbas de San Juan. Había más, pero ella y yo nos mirábamos sin ningún recato. No cogimos ni una sola hierba. Solo nos miramos y miramos. En un momento dado ella se quitó la toquilla y enseñó su busto cubierto. Infelizmente estaba cubierto. La República no había avanzado lo suficiente. ‘Manuel, mi amigo aparecido volvió a enseñar aquella hermosura de sonrisa’.
Nos hicimos novios aquel día. Telmo nos dio parte de sus hierbas y cuando se las fui a dar, ella me dijo que las guardara, que a las 12 en punto de la noche las pondríamos los dos en agua y pasaríamos la noche hablando sobre el puente de Orbenlle, que es un sitio precioso donde hay un roble que llora. Llora por cada hoja la noche de San Juan. Le pregunté quién le había dicho eso y me dijo que don Manuel, el maestro, que le daba clases particulares porque ella quería ser maestra. Me dijo que era muy republicano y muy buena persona.
Tuvo suerte porque en 1934 se marchó para Francia. Su mujer era de aquel país y su hija venia de cuando en vez.
Tenía nombre de flor. Era muy guapa. La mujer más guapa que vi en mi vida. Rubia floreada, le decíamos así entonces a las pelirrojas. Vestía unas faldas muy amplias y cuando bailaba agarrado ella se soltaba y girando rápido enseñaba las piernas hasta bastante más arriba de la rodilla. Era un estupor. En las fiestas de la aldea ella venía desde París y cuando bailaba estábamos todos pendientes de que diera aquellas vueltas. Recuerdo que Telmo y yo, una tarde estábamos esperando bastante tiempo el momento. De pronto pasaron unos niños corriendo y tropezaron con nosotros y justo en ese momento ella se soltó y giró rápidamente sobre sí misma. Solo pudimos ver un poquito. Telmo, sin pensarlo mucho, dijo: “¡Esos hijos de puta!”. Uno de los niños era su hermano Basiliño, al que él no había visto. Ella nos miró, dijo Telmo, pero yo siempre estuve seguro que fue solo a mí, y se rió de una forma rara. Debe ser una sonrisa de burla parisina, pensé.
‘¿Tú crees que la sonrisa sería por mí?’ No me corté y le pregunté si él estaba mirándola y sonriendo hacia ella. Me dijo que sí. ‘Pues entonces…’ Me paro en seco diciéndome ‘no me haga llorar, no me diga lo mismo que me dijo ella cuando se lo pregunté’. Me di cuenta que “el viejo” había hecho la pregunta con coquetería. Pensé que un joven no lo haría mejor.
Manolo, al escuchar su respuesta, en aquel momento, estuve a punto de decirle que me abrazara. No lo hice. Me comporté como las de vuestra aldea antes de la Republica. Infelizmente, según su palabra anterior, no le pedí el abrazo.
(Maru y yo seguiremos escribiendo hasta el final de la historia).
Ustedes perdonen que todos nuestros escritos los acabemos con un grito, escrito, pero grito:
¡RIBADELOURO VERDE, NON SE VENDE!

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