TRIBUNA LIBRE
Te
apagabas poco a poco, como todas las estrellas un día empiezan a apagar
su luz.
No
había silencio aunque tú callabas. Eran los demás, todos ellos, los que hacían
ruido. Era imposible que nadie dijese nada, habría sido injusto. Y eran tantos
esos que hablaban, tantísimos…
Eran
todos.
Algunos
hablaban con palabras claras y ciertas, como las tuyas siempre habían sido;
otros, con pensamientos que no pronunciarían; algunos, con ambas cosas...
Muchos de ellos, la mayoría, hablaban de ello con sus conocidos; otros pocos
contaban por televisión lo que cada segundo sucedía…
Todos
querían saber, y tú ya no sabías nada.
Era
lógico, si lo piensas, si recuerdas. ¿Te acuerdas? Les habías dado la libertad,
les habías abierto, con arduo trabajo, el camino a su mundo perfecto, a esa
democracia de la que hoy enorgullecidos presumen, les habías guiado durante ese
tiempo tan difícil… lo llamaron transición ¿verdad…? No sé si aún lo sabes,
aunque no importa. Todos esos nombres, esos términos extraños, ya dan igual
ahora.
No
sé en qué pensabas, si es que todavía lo hacías, cuando estabas allí, esperando
por descansar al fin. Yo creo que sí pensabas durante ese frágil letargo tuyo.
Creo que pensabas en ellas, en que podrías verlas otra vez, ya para siempre.
Las quisiste tanto…
Y
mientras tú soñabas, ellos seguían atentos, rumorosos, impotentes…
Ellos,
otra vez ellos, que habían escrito tu nombre en los libros, que explicaban en
los colegios qué habías hecho. No te extrañes, no seas humilde, recuerda. Una
vez como tantas: era un frío día de febrero, un día que el miedo pintó de gris,
un día de disparos, tanques y uniformes verdes.
¿Ya
recuerdas? Ellos sí, ellos no olvidan. El hemiciclo desierto. Todos los
hombres en el suelo, todas las sillas vacías… menos una. Tú venciste al miedo,
al miedo más grande de los hombres, la muerte, y te enfrentaste a los
opresores.
Porque
habías dicho que esto no podía, no sería un paréntesis en la dictadura.
No
lo fue.
Tantas
ocasiones de temor, de amenazas de bárbaros terroristas, y seguiste firme,
estoico, valiente.
Otra
vez, piensa. Todas aquellas veces que te sentaste tras un escritorio de madera
lleno de papeles, ideando formas de seguir caminando. Y luego te retiraste de
allí, dejándoles el sendero despejado y llano. Al principio fue bien, ahora, no
sé si sabes, lo han torcido un poco…
Tú
respirabas despacio; dormido, callado. Ellos esperaban impotentes;
nostálgicos, pesarosos. El crespón esperando a acuchillar la bandera, a teñir
de noche el rojo y el amarillo; el edificio de guardas felinos esperando a ser
tu lecho, a volver a verte cruzar su umbral por última vez.
Y
te apagaste, como todas las estrellas un día apagan su luz.
No
había silencio aunque tú ya callabas.
Ellos,
todos ellos, hacían ruido.
María Rodríguez González
A Guarda
Ningún comentario:
Publicar un comentario