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Hoy he pasado, por azar del paseo, delante de la casa dónde pasó su juventud, dónde hizo poemas, vivió amores, Pedro Salinas. La misma casa que tantos años, desde el regreso del exilio hasta hace unos días, habitó su hijo Jaime Salinas. Me he parado delante de la placa que recuerda al padre poeta. En la puerta un anuncio de obra de instalación de ascensor. Nunca se quejó Jaime, siempre se mantuvo en forma. Las obras, la muerte, le han pillado lejos, en su querida Finlandia, la patria de su amor.
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