El Obispo de Córdoba y el nombre exacto de las cosas
Antonio Manuel Rodríguez
Cuando era niño estudiaba en el cuartillo de la casa de mis padres. Era pequeño y con el techo de Uralita. En invierno me moría de frío y en verano de calor. Para colmo, la estufa de gas se rompió y empecé a utilizarla como librería. En ella guardaba los apuntes y los libros de bachillerato. Sin embargo, a nadie en mi casa se le pasó por la cabeza cambiar el nombre a la estufa porque ya no cumplía su funcionalidad original. A nadie se le ocurrió llamarla librería. Ni librería, antigua estufa. Siempre fue y nunca dejó de ser una estufa antigua. Porque las cosas se llaman por lo que son reconocidas. En el nombre reside su identidad.
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