De manhã, que medo, que me achasses feia!
Acordei, tremendo, deitada n’areia
Mas logo os teus olhos disseram que não,
E o sol penetrou no meu coração.[Bis]
Vi depois, numa rocha, uma cruz,
E o teu barco negro dançava na luz
Vi teu braço acenando, entre as velas já soltas
Dizem as velhas da praia, que não voltas:
São loucas! São loucas!
Eu sei, meu amor,
Que nem chegaste a partir,
Pois tudo, em meu redor,
Me diz qu’estás sempre comigo.[Bis]
No vento que lança areia nos vidros;
Na água que canta, no fogo mortiço;
No calor do leito, nos bancos vazios;
Dentro do meu peito, estás sempre comigo.
RECORDAR ES ESCRIBIR EN LA MEMORIA
Al escribir siempre se recuerda. Creo que Aristóteles decía que la memoria es la escritura del alma. En mi memoria anda siempre escrita en primera página este fado, su letra, su poema…
Siento un placer muy grande al dedicar este, digamos, episodio a mi hermana Marita que tiene entre otros dones el de cantar esta canción moviendo los mejores sentimientos de mi memoria.
Una vez en el Vilar de Mouros de nuestro abuelo Serafín da Cruz, mientras lo cantaba, vi que por la cara de una anciana resbalaban unas enormes lágrimas. Aquella escena es de las más resaltadas, están en memoria.
Hoy la letra de la canción “O fogo mortizo”, que a Pepito le recordó a su aldea, retomo la vieja canción. Además el hombre del que cuentan tocaba la gaita gallega y la trompeta, decía siempre que él notaba un cierto parecido entre el folklore gallego y el ruso. Puede que solo fuera una forma de agradecer a una aldea en la que bailó con una mujer rubia, muy rubia, que le cantaba mientras danzaba. Y lo hacía soñar que volvería a la aldea del viejo puente y volvería a ver a su madre sentada en una esquina de la sala, a bailar un pasadoble con aquella moza que hacía tan bien las “paradiñas”.
EL CAMINO DE SANTIAGO PORTUGUÉS Y EL FADO PASAN POR MI ALDEA (VIII)
Por Manuel Vázquez de la Cruz
Maru, la aldea que veía Pepito a lo lejos era como la nuestra: también tenía una iglesia, puentes, campos cultivados y animales. Por eso el caminaba sin miedo. Después de pasar mucho en los frentes y en el campo de concentración fascista cruzó el puente de madera sin el mínimo temor a lo que podría encontrar al otro lado. Me lo dijo muchas veces, lo recalcó otras tantas y siempre dijo que sintió que llegaba al fin de las enormes pesadillas. Escapaba del Apocalipsis y de las guerras más atroces vividas por la humanidad. En la primera el fascismo-nazismo internacional agredió vilmente a España y las democracias le dieron la espalda a nuestra República. Después sufrieron ellos la guerra y la barbarie pero, fueron políticamente muy sucios y repugnantes, permitiendo una muestra del horror fascista en la Península Ibérica. Acabó con el dictador matando y muriendo.
Entró en la aldea, las casas estaban separadas unas de otras como en la nuestra, ladraban los perros (que eran solo de dar la gente y no morder, como la nuestra), tenían pequeñas parcelas de berzas, cacareaban gallinas y cantaba algún gallo, todo como en la nuestra. "Cómo iba yo a tener miedo si todo era parte de mí y muy mío".
A pesar de que no veía ni una persona, yo sabía que me habían visto y me vigilaban. Alcé mis brazos, los llevé a mis labios y mandé besos al aire para ellos. Creí que era la mejor señal de que buscaba mucho más que paz y enseñaba con mis besos solo cariño a los que me veían y a la vida que teníamos ellos y yo. Fue entonces cuando una señora mayor se asomó a la parte superior de la puerta, que como muchas aquí tenía “arriba y abajo”. Me miró. Me acerqué mandándole señales de besos, más besos, y le enseñé mis manos abiertas, mi cinturón sin pistola, y dije algo parecido a “ya Ispanets”, que para mí significaba español, yo español. Se sonrió un poco, abrió la parte inferior de la puerta y entré.
Estaba haciendo pan. Aquella parte de la casa era muchas cosas: horno, "lareira", mesa de comer, bancos de madera sin respaldo, calderos y en las paredes muchos santos, pero muchos. Unos dibujados otros de madera y hasta alguno de piedra. Parecía que por allí había pasado mi madre y todos sus santos del cielo en estampitas.
Al lado del horno sintió aún más su casa porque allí estaba la "peneira", la pala de madera para meter el pan, la de hierro con mango largo para sacar las brasas ardientes al final, la artesa o "maseira" para guardar la masa mientras fermentaba, la "paxaladeira" para dar vueltas con primor y xeito a la masa y darle la forma que debía tener el pan al estar hecho, y así saliera bollo o bolla y el zarapullo (un trozo de palo largo con un trapo en la punta que, una vez mojado, limpiaba el fondo del horno antes de meter a cocer la masa fermentada).
Estoy como en casa pensé. Incluso esa señora es guapa como mi madre aunque más alta.
Me quedé mirando todo embobado. Hacía mucho tiempo que no me sentí tan a gusto.
La mujer le señaló una silla. Pepito se sentó y al hacerlo salió corriendo una gallina. Sentía un hambre horrorosa. Se lo dijo a la mujer que obviamente no le entendió nada. Trató de decírselo por señas pero se dió cuenta que la mujer tenía poca visión. Entonces se puso en el suelo, justo de donde había salido la gallina, como una gallina en el nido e inició un cacareo que ni las gallinas lo harían mejor. Hizo como que cogía un huevo de debajo de su culo, lo llevó a una sartén y emitió el ruido de los huevos al freírlos. La mujer musitó algo y salió corriendo. Volvió con dos huevos de oca, echó algo que debía ser grasa de animal en la tartera, encendió fuego debajo de un utensilio con dos patas del que salía un brazo y como a treinta centímetros tenía otra pata, el brazo seguía unos veinte centímetros más, seguramente para poder agarrarlo. Ese utensilio sí que no había visto un su aldea. Cuando volvió a España supo que aquí se llamaba trébede. El nombre ruso era más complicado.
Colocó después los huevos fritos en un plato, dos patatas grandes sin pelar pero cocidas, le echó la grasa que le había sobrado al freír de la tartera. Le dio una cuchara para que comiera y Pepito comió y vivió el momento más feliz de su vida. Después se dejó caer hacia un lado del banco de madera en el que estaba sentado y nunca supo cuando ni por cuanto tiempo quedó dormido.
Antes, ante aquel cúmulo de situaciones, ni siquiera pensó que todo aquello era un sueño. Es más lo vio todo, y así lo dijo siempre, como algo muy normal y aunque era ateo siempre sentenciaba que “a aldea Deus a dea”.
No pudo volver nunca pero por intermedio de alguien, que yo no conocí, le envió cartas y a una niña unos zapatos rojos de tacón alto cuando cumplió dieciséis años. Se los había prometido.
Y seguía contando.
"No sé ni cuando me dormí ni como desperté en un camastro tapado con varias mantas y un hombre sentado a mi lado con una metralleta colgada. Me miró sin ningún aire extraño, ni mal ni bien. Yo también lo miré. Tenía una ganas irresistibles de orinar y no sabía como decirlo. No podía más. Descubrí un poco la manta y grité con la mano puesta en aquel sitio: ¡Ay! ¡Ay! Muchas veces. Se dulcificó su cara y apareció una enorme sonrisa. Agarró mi brazo y me llevó fuera. Quise arrimarme a una esquina pero suavemente hablándome y empujándome me llevó a una cabaña. Era un retrete pero también tenía ducha.
Después volvimos a la casa de la mujer. Se puso muy serio y me dijo algo que no entendí. Me dio una pluma y un papel y por señas me preguntó si sabía escribir. Con la cabeza dije que sí.
Me dio otro papel en el que tuve que contar mi vida contestando una a una a todas las preguntas que se formulaban en castellano. Mi grito de que era español en ruso, abrió caminos. En el escrito no dije ni una sola mentira y hablé de mi madre y de mi padre. De todo la verdad.
Recogió mi papel y entregó un escrito en español que ya tenía preparado y decía: quédese aquí, solo le está permitido ir al retrete. Sepa que está muy vigilado. Me hubiera gustado decirle que ya lo sabía".
“Mi madre ‘adoptiva’ rusa era una gran mujer. Me trató muy bien y durante varios años su casa fue mi casa. Murió al terminar la guerra, cuando yo estaba en Moscú, buscando cómo regresar sin que me mataran al llegar y haciéndolo con mucho cuidado porque si transcendía la voladura del ‘piato’, aquel puñetero cacharro…”.
En honor a su madre adoptiva me pidió que yo algún día contará cosas de su vida en aquella aldea y, Maru, hoy que he venido a decirle adiós a un hermoso recuerdo, has aparecido tú y a ti te toca pues saber mi vida, la de Cheliño y la de Pepito.
También de lo que él me pidió que contara.
Seguimos con Pepito en la aldea rusa. A los cinco días le entregaron un papel en el que le explicaban que podía moverse por la aldea y que no saliera de allí mientras no se reuniera con él un comisario de la zona y le ordenaban que quemara el escrito recibido y todo lo que tuviera que ver con ellos. Que dijera que solo había conocido, hasta entonces, a la señora que lo atendió.
Entonces empezó a pasear por los caminos y ya apareció gente. Todos lo saludaban con sonrisas. Uno "farfullaba algo de español, italiano y portugués. Era mayor y de joven se había escapado para no ir a la guerra ruso-japonesa y trabajara en un puerto y también embarcara en un vapor.
Se hicieron amigos y Pepito presumió que cuando él se fue ya hablaba un castellano muy fluido. Él no quiso aprender nada de ruso por si acaso lo mandaban al frente. Maru, lo último es suposición mía pero que una persona tan lista solo supiera decir que era español…
Pero tocó muchos instrumentos: trompeta, la flauta, acordeón y hasta le dio al bombo. Y bailó mucho con la una chica muy guapa que tenía una niña pequeña preciosa. Pero su amigo el navegante, Ivan se llamaba, le dijo que el marido de ella, que estaba en el frente podía al volver…
Y Pepito, quizás por primera vez en su vida, fue todo platonismo aunque le fastidió darse cuenta que eso era lo único que deseaba aquella hermosura de mujer.
Tuvo otras cosas, claro. Pero con otras sin marido y menos guapas.
Al principio trabajó de todo. En el campo, de pastor, albañil, carpintero,…, pero un día a través de una ventana vio una mesita de zapatero y zapatos. Era un cuartito pequeño. Preguntó al navegante y éste le dijo que el dueño se había unido a la guerrilla. Pepito le informó que él era un buen zapatero.
Dos días después apareció el hombre enlace. Le enseñó todo lo que sabían de él. “Quedé acojonado”, me dijo. Yo no tanto, aunque allí había también, según me explicó, cosas mías.
Y del ayuntamiento al que pertenecemos.
Pepito fue hombre de aquella aldea. También musico, bailarín, ponedor de inyecciones y asiduo dominicalmente a los santos oficios. Hasta tal punto, contaba, que el Pope lo ponía de ejemplo y decía que todos debían ser como el español y papista Dzhozef Martínez.
Pasaron casi tres años y aquellos días grandes de mayo de 1945. Al fin la maldita guerra con millones de muertos terminaba. Los pocos aldeanos se dieron miles de abrazos. De los túneles excavados en la estepa empezaron a salir hombres y mujeres. Volvió el zapatero, el marido de la rusa y padre de la niña, tres judíos huidos de distintos pueblos y ondearon las banderas. En todos los países de Europa hubo una enorme fiesta. Solo en Alemania y en España se sentía pena. Aquí muchos hacían que la sentían. Otros temían la paz.
Maru, en una mesa de mármol de una cocina tu médium escuchó como un pariente decía, refiriéndose a Hitler, qué gran hombre perdió el mundo. El abuelo de los dos dijo ‘que la desgracia para el mundo sucedió cuando nació semejante hijo de puta’. El primo leía “El Pueblo Gallego”, periódico progresista, en la República, robado por los falangistas de los que era órgano en ese momento y de aquel panfleto había salido el comentario.
Dzhozef Martínez, aún tuvo, quizás con gusto, que seguir en su segunda aldea hasta 1954. Fue entonces cuando su sempiterno enlace le dijo que tenía que llevarlo a Moscú.
Allí lo llevó a un ministerio donde todo el mundo hablaba español. Al entrar se cruzó con un hombre alto con uniforme del ejército rojo de aviación, estrellas de mando y vio en él algo familiar. Se volvió, el otro hizo lo mismo y le dijo: “Pero paisano ¿qué haces tú aquí?”
Era el mismo que lo había salvado de los soldados italianos borrachos. Era un gran aviador que se había pasado desde la División Azul a los combatientes de la Unión Soviética. Y que ya había tomado esa decisión en cuando vio en la “desbandá” como los alemanes asesinaban niños. Le contó que era de Tui, de una familia con recursos, pero también valiente y capaz de revelarse contra la inhumanidad fascista.
Nadie habla de él. Los héroes de verdad algunas veces se ocultan. La maldita corrección política tan franquista ella.
Gracias a ese encuentro Pepito o Dzhozef Martínez volvió a la España donde estaba su aldea, en un barco libanés. Para todos era un prisinero de guerra que volvía pero para el gran aviador tudense, para Pepito o Dzhozef Martínez y para mí el que venía traía esta historia que te estoy contando.
Nadie lo esperaba en el tren exprés que llegó a Guillarei. Solo su madre sabía que iba a llegar y ella se lo había dicho a Telmo, el amigo de los pájaros y de la música, porque lo quería mucho.
E n una habitación que daba a la sala de la casa de Pepito, el elegido por su madre, instaló un tocadiscos.
Pepito caminó por los caminos que ya nadie conocía, llegó a la entrada de la huerta y al abrir la cancilla miró todo alrededor buscando algo distinto pero todo estaba igual, idéntico. Después, al lado del tronco enorme de la vid, que al extenderse por la parra daba sombra a toda la fachada y parte del “eido”, vio a su madre de pie, enlutada, con pañuelo negro en la cabeza. Ambos se miraron. El pensó en correr hacia ella pero a la emoción aquel día le pudo la quietud. A ella ya le costaba mucho esfuerzo mantenerse erguida y ya era feliz, muy feliz sabiéndolo de regreso.
Después Pepito muy despacio fue caminando a su encuentro. La levantó en sus brazos y besó toda su cara deslizando sus labios en cada beso por todo el rostro. Ni él ni ella lloraron.
Con la madre en brazos entró en la sala. En la esquina de siempre estaba la silla de tres patas. También en la de siempre la mesa pequeña de zapatero, la gaita colgada detrás y rodeándola muchas estampitas de vírgenes y santos. Pepito colocó suavemente a su madre de pie sobre la mesita de trabajo y frente a él. Aun así era bastante más pequeña. Volvió a darle sus besos resbaladizos sobre aquella “cariña” arrugada. Y muy bajito le susurró al oído:
“Mi madre, moito medrache desde que eu marchei”.
Y entonces los dos rompieron en un hermoso llanto.
Telmo nunca supo calcular el tiempo de besos y abrazos pero cuando pensó que el primer momento había pasado puso marcha el tocadiscos y sonó el pasodoble “Ponteareas” y el hijo con la madre en brazos bailó como nunca. Los dos sonreían siempre y de forma más abierta, como con más gozo, en las "paradiñas".
Manu, vuelvo enseguida. Ya sabes el problema de los mayores.

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